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El balón de oro es, por mucho, la aspiración máxima de quiénes deciden creer en el fútbol como un estilo de vida. En el barrio hay un montón de escenarios deportivos - canchas de cemento, sintéticas, o de polvo y pasto- que guardan los pasos de quienes sueñan con llegar a estadios de talla mundial o con sacar a sus familias adelante, porque el fútbol es, sobre todo, una forma de construir futuro.
Ser hincha va más allá de estar en la tribuna alentando al equipo. Es una pasión que atraviesa el alma y se hace visible en los cuerpos de quienes llevan las camisetas deportivas con orgullo. La barra, popular, que con furia despliega cánticos y alza las banderas, es, sin duda alguna, eje fundamental de cualquier fiesta futbolera.
Dos piedras pueden ser el arco, porque al final lo importante no es cómo se ve la cancha: lo importante es jugar. Y mientras se juega el terreno se vuelve propio, el balón conecta para bajar las tensiones y se disputa la gaseosa como premio para el que haga más goles.